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jueves, 19 de abril de 2012

Bocca contrata a María Riccetto como primera bailarina invitada del Sodre

Copyright 2012
Ballet Theatre Foundation, Inc.
Hay que reconocer que Julio Bocca está haciendo las cosas bien en Uruguay. Acaba de contratar como bailarina invitada del Ballet Nacional del Sodre a la uruguaya María Riccetto, actual solista del American Ballet Theatre de Nueva York.

En todo caso, está haciendo las cosas con las que soñaba poder hacer en el Teatro Colón de Buenos Aires.

En efecto, en mi libro Julio Bocca, la vida en danza, relaté cómo Bocca pensaba que el primer coliseo argentino debería haber contratado como bailarines invitados a todos aquellos argentinos salidos de las filas del Instituto de Arte del Colón y desparramados por el mundo:
En 1997, Julio mantenía con el Colón una relación cordial, sobre todo desde que Raquel Rossetti había asumido la dirección de la compañía. Pero había desistido de su idea de bailar regularmente con el Ballet Estable. "Me encantaría llegar a un arreglo similar al que tiene Alessandra Ferri con la Scala de Milán, donde su contrato, hasta el 2000, estipula que baile dos funciones de la programación, sobre todo en los estrenos", declaraba Julio en 1996. En efecto, si cada uno de los bailarines argentinos que han triunfado en el exterior hubiera estado obligado por contrato a presentarse dos o tres veces al año en las temporadas regulares del Ballet Estable, éste "sería una de las mejores compañías del mundo", considera Julio.

Bocca, Guerra, Iñaki Urlezaga, Luis Ortigoza, Herman Cornejo, Paloma Herrera y Eleonora Cassano, entre otros, se han formado en el Instituto Superior de Arte y han bailado en el escenario del primer coliseo. Ninguno ha sido nunca primer bailarín del Ballet Estable y todos se han ido a trabajar al exterior. Cada temporada podría haberse oganizado alrededor de sus agendas, alternando con los primeros bailarines locales, y atrayendo así al público masivo que solía acudir al Colón en la década de los sesenta".

Julio Bocca, la vida en danza, p. 331 y 332 (ed. Aguilar) - © Derechos reservados
 María Riccetto se integrará a las filas del Ballet Nacional del Sodre el próximo primero de agosto. 

Derechos reservados

lunes, 28 de marzo de 2011

Qué feo que es copiarse...

Hay gente sin escrúpulos... Y sin una pisca de profesionalidad.

Hoy descubro un nuevo sitio web sobre una bailarina, que advierte: "El derecho de propiedad de una obra científica, literaria o artística comprende para su autor la facultad de disponer de ella, de publicarla, de ejecutarla, de representarla y ponerla en público, de enajenarla, de adaptarla, de autorizar su traducción y de reproducirla en cualquier forma. Nadie tiene derecho a publicar, reproducir, ni incorporar a un sistema informático (sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o de otro tipo), sin permiso previo de los autores", etc. etc. etc.

¿Y qué veo en ese sitio?

Una "historia del ballet", con un párrafo que empieza así: 

"El ballet surgió en Francia en el siglo XVIII y se desarrolló en todo su esplendor en Rusia a finales del siglo XIX, pero sus raíces están en Italia. La Reina Catalina de Médicis, madre de los últimos tres reyes de la Dinastía Valois, introdujo la danza en la corte de Francia. haciendo traer de Piamonte al violonista Baldassarino di Belgioioso, que cambió su nombre por el de Balthazar de Beaujoyeux al llegar a París. Para la boda de Margarita de Lorena, cuñada de su hijo Enrique III, en ese entonces rey de Francia, Catalina de Médicis pidió a Beaujoyeux que creara un gran espectáculo, por el que pagó un millón de escudos."

Qué raro, no, porque en mi blog, publiqué en agosto de 2007 un extracto del libro que no se incluyó en la edición impresa (pero que está protegido porque registré la versión completa de mi libro en el Registro Nacional de Derechos de Autor),  acerca de la historia del ballet, que dice así: 

"El ballet clásico tal como lo conocemos hoy surgió en Francia en el siglo XVIII y se desarrolló en todo su esplendor en Rusia a finales del siglo XIX, pero sus raíces están en Italia. De hecho, la palabra francesa ballet deriva del italiano balletto. Fue la reina Catalina de Médicis, madre de los últimos tres reyes de la Casa de Valois, quien introdujo la danza en la corte de Francia. La soberana, que no había renunciado nunca a sus orígenes italianos, hizo traer de Piamonte al violonista Baldassarino di Belgioioso, que cambió su nombre por el de Balthazar de Beaujoyeux al llegar a París. Para la boda de Margarita de Lorena, cuñada de su hijo Enrique III, entonces rey de Francia, Catalina de Médicis pidió a Beaujoyeux que creara un espectáculo grandioso para el que pagó un millón de escudos."

¿Les suena?

Claro que nada en el el sitio en cuestión sugiere que la autora se "inspiró" (por no decir copió palabra por palabra) en mi texto, ni da el link hacia mi blog o menciona mi libro ni da absolutamente ningún tipo de fuente.

El resto del texto también está ampliamente "inspirado" en otros sitios, como éste (aunque tampoco cita sus fuentes).

Eso sí: no vayan a copiar los textos de esa persona, porque ya saben, "nadie tiene derecho a publicar, reproducir, ni incorporar a un sistema informático", bla bla bla...

Por supuesto, me reservo el derecho a emprender "acciones civiles y a persecución criminal por incurrir en los delitos reprimidos en el art. 172 del Código Penal Argentino y en las disposiciones de los artículos 1, 2, 71, 72 y concordantes de la ley 11723", como lo explica la autora del blog que robó mi texto sin siquiera mencionar la fuente.

Edit: medio día después de la publicación de esta entrada, la autora modificó el texto.

miércoles, 13 de enero de 2010

Teresa Repetto de Bocca (1916-2010)

Me acabo de enterar del fallecimiento, hace pocos días, de la abuela de Julio, Teresa Repetto de Bocca. El bailarín y su madre Nancy, la hija de Teresa, arrojaron sus cenizas al mar desde el muelle de Mar de Ajó. "Fue muy raro, pero emotivo", dijo Bocca. "Al ver caer las cenizas me di cuenta de golpe de que en realidad no somos nada".


De izquierda a derecha: Nancy Lojo, Julio Bocca, Teresa Repetto y Nancy Bocca, durante la fiesta luego de la última presentación de Bocca en el MET con el ABT, en el 2006 
(Foto: Angeline Montoya)

Teresa Josefa Repetto (...) había nacido en Olivos, en la provincia de Buenos Aires, el 4 de diciembre de 1916. Sus padres, Juan Bautista Repetto y Rosa Nuncia Marchetti, habían venido de Italia durante la Primera Guerra Mundial. Rosa Nuncia provenía de una familia adinerada, pero al morir su madre, el dinero "se empezó a mudar de un pariente a otro" y se esfumó. "Mi mamá no tenía mucho estudio, pero era muy inteligente. Aprendió a leer y escribir sola", cuenta Teresa. En Italia, antes de casarse, Rosa Nuncia era dama de compañía de una joven que estudiaba canto en Milán.
            Teresa y sus cinco hermanos nacieron en Argentina. Sus primeros años de vida estuvieron marcados por la pobreza. La familia vivía en Munro, en una de las tantas quintas que se sucedían en medio del campo. Juan Bautista Repetto era el encargado de la explotación de frutas. "Todos los días", cuenta su hija Teresa, "venía gente a pedir limosna. Entonces mi papá iba al centro, una vez por semana, a llevar mercadería con carro y caballo a la confitería del Molino. En la confitería, le entregaban en una bolsa todas las cosas que sobraban. Lo bueno, lo separaba para los pobres y lo otro, para los animales que se criaban en la quinta. Luego pasaba la gente y mi mamá les daba a todos su paquetito de comida y mate cocido". Teresa trabajó desde chica para colaborar con la economía de la casa. Se inició como modista, confeccionando vestidos de novia, y continuó con ese oficio hasta después de jubilarse, cuando siguió cosiendo trajes de ballet.
De esa joven de apenas 19 años, siempre bien arreglada y vestida, fue de quien se enamoró Nando en 1935. Después de dos años de noviazgo, Teresa y Nando decidieron casarse. Nando se mudó a Munro y un año después, en 1938, el mismo año en que la primera fábrica de productos químicos Atanor abría sus puertas, tuvieron a Nancy, su única hija.
Julio Bocca, la vida en danza, ed. Aguilar, p. 28



A lo largo de los siete años de elaboración de mi libro sobre Julio Bocca, he tenido la suerte de acercarme en numerosas ocasiones a su abuela, en particular en Quattrocascine, el caserío en el que nació su marido Nando, el abuelo de Julio, cuando le dieron la ciudadanía honoraria. También fui invitada al cumpleaños 85 de Teresa, en diciembre de 2001, con toda la familia Bocca.


Mi libro, antes de su publicación, contaba con muchos capítulos más que tuvieron que ser cortados para que no fuera una enciclopedia interminable. Uno de esos capítulos fue el relato de esa ceremonia, que quedó muy resumido en la versión publicada.


He decidido copiarlo aquí en su integralidad, en honor a Teresa.

Teresa y su hija Nancy caminan despacito, tomadas del brazo. Se han puesto sus joyas y perfumado. Teresa lleva una falda marrón. Nancy cubre con un poncho un conjunto pantalón-chaqueta azul. No lleva medias a pesar del frío: siempre tiene los pies calientes. Se han pintado y caminan por las calles de Alessandria. Julio y el resto de la compañía están a punto de alcanzar el Teatro Comunale, un mastodonte de cemento que domina una avenida arbolada. La noche cae y el frío se hace agudo, aunque ya estemos en abril. Las dos mujeres piensan en la ceremonia del día siguiente. No es la primera a la que asisten, y probablemente no sea la última. Pero ésta reviste un carácter especial para toda la familia: a Julito le van a dar la ciudadanía honoraria de Bosco Marengo, el pueblo de origen de su abuelo Nando. En realidad, Fernando Bocca nació, como sus tres hermanas y sus tres hermanos, en Quattrocascine, uno de los cinco caseríos piamonteses que componen Bosco Marengo. Su esposa, Teresa, y su hija, Nancy, han venido especialmente de Buenos Aires para la ceremonia del sábado. Esta noche, van a asistir a la función de Julio y de su compañía, el Ballet Argentino. Son las siete y todavía hay tiempo: no están muy apuradas en llegar al teatro. Se detienen en un bar. Así, con sus joyas, su perfume y todo, entran en el primer bolichito que encuentran. Un lugar oscuro, ruidoso, lleno de humo y olores, de mujeres con la mirada vacía y de hombres que han tomado demasiado. Sin vacilar siquiera un segundo, Teresa y Nancy se sientan en la única mesa libre, cubierta todavía por cenizas, migas de pan, manchas pegajosas. Nancy pide un té. Teresa, un capuchino. Están sentadas sin tocar el respaldo, derechas las dos, casi solemnes. Teresa murmulla: "Me parece que estamos un poco fuera de lugar". Nancy contesta: "Es que piensan que somos de otra clase porque nos ven así arregladitas; lo que no saben es que nosotras somos como ellos, de origen humilde". Cuando terminan de pagar, con la misma elegancia y la misma dignidad, se abren paso hacia la salida. Lentamente, se dirigen hacia el teatro. El recibidor todavía está vacío. Algunas muchachas de uniforme rojo preparan los programas. Teresa y Nancy quieren quedarse en la platea antes del espectáculo, "para no molestar a Julio, porque no le gusta que andemos por ahí antes de las funciones". Igualmente las llevan al escenario. Se sienten un poco desubicadas, quizás más que en el bar. Saben que no tienen que estar ahí, creen que a Julio no le va a gustar. Julio sale de su camerino, todavía con sus jeans y su buzo bordó. Está nervioso. Le han comentado que todo el pueblo de Quattrocascine, alcalde incluido, va a asistir a la función. Le atormenta pensar en la ceremonia de mañana, el encuentro con los familiares de su querido abuelo, fallecido hace tanto tiempo ya. Más de veinte años: una eternidad. Julito, sin embargo, le recuerda como si todavía estuviera vivo.
Las dos mujeres, finalmente, regresan al recibidor y se sientan frente a una mesita redonda de mármol, mirando a la gente que empieza a entrar. Después de diez minutos, un grupo de cinco personas ingresa al hall. Visiblemente no son simples espectadores. Teresa se levanta: "Aquí vienen", dice a Nancy. Al abrazar a Teresa, una de las mujeres, Rosa, tiene lágrimas en los ojos. Recuerda a su tío Nando, que conoció cuando era tan chiquita. Las presentaciones se hacen en italiano: Rosa y Lorenza son las hijas de Domenico, el hermano mayor de Nando. También están sus maridos respectivos, y la hija de Lorenza, Laura. Todos se juntan alrededor de la mesa redonda. Rosa y Lorenza trajeron fotografías de sus familias, así como las que Nando enviaba regularmente desde la lejana Argentina, donde había decidido instalarse 70 años atrás: una de él y su joven esposa Teresa en el casamiento civil, otra de Teresa, Nando y su hija Nancy, cuando todavía era una niña, en una playa del Río de la Plata, una tercera de Nancy en su vestido de primera comunión hecho por Teresa... Una de las fotografías muestra a una elegantísima pareja: él, con un traje impecable, buen mozo; ella, con un peinado típico de la década del treinta, con sombrero y tapado de piel. Los dos sonríen a la cámara, mejilla contra mejilla. Poco a poco, todo el pueblo de Quattrocascine se reúne en el recibidor del teatro. Todos se muestran emocionados, como si se reencontraran con el mismo Nando.
En un principio, Teresa no tenía muchas ganas de venir. Decía estar cansada como para hacer semejante viaje a sus 84 años. Julio le había dicho que lo pensara. Que iba a ser una linda ceremonia. Cada tanto, la llamaba a su casa de Munro, en la provincia de Buenos Aires, para saber qué haría, para pedirle que fuera, para decirle lo importante que sería su presencia. Hasta el último momento, la abuela se inclinó hacia el no. "Finalmente, cedí ante la presión de la familia de Quattrocascine"[1], precisa. El miércoles 4 de abril de 2001, Teresa y Nancy emprendieron un largo viaje hasta el corazón del Piamonte italiano: un avión las llevó de Buenos Aires a Madrid y luego a Milán, adonde llegaron a la noche siguiente. Allí, sin siquiera tomarse un descanso, asistieron a la función de su nieto e hijo, Julio, que bailaba en el Teatro Piccollo con el Ballet Argentino, en el medio de una gira de un mes por Francia e Italia. El viernes a la mañana, todos partieron en autobús hacia Alessandria.
La llegada a esa ciudad de noventa mil habitantes, capital de la provincia homónima, reiteró una rutina ensayada y repetida a lo largo de decenas de otras giras: sacar las maletas del autobús, esperar a que el tour manager, el hombre-orquesta de la gira, reparta las habitaciones, deshacer las maletas y, para Julio y el equipo técnico y artístico, revisar el teatro. Teresa y Nancy, por su lado, por fin pudieron tomar el tiempo de descansar un poco antes de prepararse para la función y, sobre todo, para el encuentro con la familia Bocca de Quattrocascine.
Sentados alrededor de la mesita del hall del Teatro Comunale, Teresa, Nancy y sus lejanos familiares hablan de Nando. Laura Marchesin, la hija de Lorenza, recuerda lo que siempre le contaron los ancianos del pueblo: que el tío abuelo Nando, como su padre antes de él, era un eximio bailarín. Una tradición familiar que su nieto Julio llevaría hasta su cumbre.
Finalmente, las acomodadoras vestidas de rojo anuncian que la función está a punto de comenzar. Lentamente, el grupo se levanta y se dirige hacia la enorme sala de hormigón, de un estilo algo soviético en sus formas y perspectivas. Las butacas están todas ocupadas: no queda ni un solo asiento libre. Quattrocascine, a esa hora, es un pueblo fantasma: prácticamente todos sus habitantes han acudido a Alessandria para ver bailar al nieto de Nando. Las luces se apagan y en el escenario aparecen dos siluetas a contraluz. Empieza el Adagio para Cuerdas de Samuel Barber. Suavemente, las siluetas se enlazan y desenlazan. A medida que la intensidad de la luz aumenta, surgen los rostros de los bailarines. Lino Patalano aparece en la parte trasera de la sala. Pregunta, ansioso, a media voz: "¿Aplaudió el público cuando vio a Julio?" Todos parecen muy nerviosos. El espectáculo termina con el público de pie, aclamando al afamado bailarín argentino. Detrás del escenario, la muchedumbre se agolpa en la puerta de su camerino. Contrariamente a su costumbre de huir ni bien termina el espectáculo, Julio recibe a todo el mundo con mucha paciencia: a los Bocca de Quattrocascine, al alcalde de Bosco Marengo, Carlo Demicheli, pero también a una compañera de la escuela del Teatro Colón de Buenos Aires, Andrea Man, que vive ahora en Italia. Finalmente, Julio y su séquito habitual -el irónicamente llamado "grupo VIP"- van a comer a un restaurante cercano al teatro. Nancy y Teresa, que sale con un enorme ramo de rosas, los acompañan.

El día siguiente es, para Julio y su familia, el momento verdaderamente emocionante. Ser homenajeado en el pueblo de origen de su abuelo es, en la vida del bailarín, un acontecimiento único. Esta vez, no se trata de un compromiso laboral en el que van a felicitarlo por su carrera. Esta vez, es su sangre la que habla. Lo más profundo de su ser. Y se prepara para el evento como para una fiesta. Su vestimenta demuestra que a esta ceremonia, no va porque debe, sino porque quiere: "Desde el momento en que se vistió bien, es porque tenía ganas"[2]. Un impecable traje negro, una camisa celeste: su elegancia sobria rompe con su habitual informalidad. Aunque no puede evitar ponerse sus imperdibles botas de vaquero.
Poco después del mediodía del sábado 7 de abril, un espléndido automóvil negro se estaciona delante del hotel de Alessandria. En él se suben Julio, Teresa y Nancy, que no se separa de su poncho para luchar contra el frío, pero insiste con llevar sandalias abiertas. Son tratados como príncipes. De hecho, dos automóviles de la policía escoltan al cortejo entre Alessandria y Bosco Marengo y luego hacia Quattrocascine, deteniendo el tráfico en las calles y rutas adyacentes para dejar pasar al convoy. Atrás siguen, en una camioneta, Lino Patalano, el encargado de mercadeo, Gustavo Benavídez, la asistente de dirección del Ballet Argentino, Andrea Candela, su novio e iluminador Miguel Cuartas, el tour manager, Rubén D'Audia, la bailarina Cecilia Figaredo y el vestuarista, Osvaldo Pettinari.
Primera parada: la municipalidad de Bosco Marengo. La ceremonia oficial de entrega de ciudadanía honoraria debe empezar a las quince horas. La sala principal de la alcaldía, en el primer piso, está repleta. Julio se sienta en la primera fila, enmarcado por su abuela y su madre. Hay que esperar al cónsul argentino en Milán, que no llega. Julio está quieto. Habla con sus compañeros de trabajo, con su abuela, con el alcalde. Se le nota diferente. A lo largo de su carrera, ha recibido decenas de premios, le han concedido la ciudadanía honoraria de otras ciudades. Pero esta vez, todo es un poco diferente para él. Se siente diferente. Se nota diferente. Pero todavía está muy lejos de imaginarse lo que el pueblo de Quattrocascine le ha preparado.
Finalmente, el cónsul llega y la ceremonia puede empezar. El alcalde, Carlo Demicheli, recuerda que Bosco Marengo ya cuenta con un ilustre ciudadano: Pío V, nacido en ese pueblo en 1504, papa de la Iglesia católica entre 1566 y 1572 y beatificado cien años después de su muerte. Julio no es un Papa, pero Demicheli se enorgullece de que el abuelo de una estrella de su talla haya nacido precisamente en la comuna de Bosco Marengo. "La inscripción del nacimiento de Nando fue hecha por un escribano también llamado Bocca", precisa Demicheli para subrayar que aquí, los Bocca son mayoritarios. Lino, divertido, se rememora la primera vez en que él, Julio y su abuela Teresa visitaron Quattrocascine, trece años atrás, preguntando por la familia Bocca al primer vecino que encontraron. "Yo soy Bocca", respondió el hombre. "Mirá qué suerte, se sorprendió Lino, justo el primero que vemos se llama así". En realidad, lo curioso habría sido no encontrarse con un Bocca.
Después de su discurso, Carlo Demicheli entrega entonces la partida de matrimonio de Nando y Teresa a la abuela de Julio, y la de nacimiento de Nando a Nancy. Julio tiene una leve sonrisa. Está como un poco ausente. Extraño. Emocionado. Julio está emocionado y se le nota. En el momento exacto en que el alcalde le entrega el diploma de la ciudadanía honoraria, las campanas de la iglesia del pueblo, en una coordinación perfecta, tocan a vuelo. Decenas de vecinos se asoman a sus balcones para ver de qué se trata. Una cámara de la cadena televisiva RAI inmortaliza el momento. Julio sonríe a los fotógrafos exhibiendo el cuadro con la declaración de ciudadanía honoraria. En el fondo de la sala, Cecilia Figaredo y Andrea Candela lloran desconsoladamente, "como si se nos casara el nene"[3]. Julio no llora, pero tiene una extraña presencia en su garganta cuando piensa en Nando, que soñó toda su vida con que su nieto se convirtiera en primer bailarín del Teatro Colón. Aquí, en este momento, Julio siente que el círculo iniciado por Nando cierra perfectamente. Se siente parte de una fantasía, la de un obrero italiano enamorado del arte y que imaginó para su descendencia un camino lleno de gloria. El camino que Julio, precisamente, ha recorrido hasta aquí, hasta el regreso a sus orígenes, hasta esa hoja en la que consta el nacimiento de su abuelo, en el pueblo de Quattrocascine, el 18 de septiembre de 1907.

El cortejo, siempre escoltado por la policía, retoma la ruta y se dirige a Quattrocascine. Para Teresa y Julio, que ya estuvieron allí en 1988, se trata de un reencuentro. Pero Nancy nunca había estado en el lugar de nacimiento de su padre, y su corazón se estruja un poco cuando, por la ventana, le enseñan el número 4 de la calle Milano: aquí, en esa casa blanca con tejas rojas, a pocos metros de la iglesia, nació Fernando Bocca, noventa y cinco años atrás. El pueblo en sí se compone de una arteria principal -la vía Milano- y de algunas calles perpendiculares. Algunas pocas casas y comercios. En 1920, 388 personas vivían en Quattrocascine, cuyo nombre viene de las cuatro casas que formaban el convento de Bosco: la Pollastra, la Cà Bianca, la Masina y la Forchina. Otra versión, sin embargo, asegura que el origen del nombre radica en las cassate o cascine, casitas de tierra que se construían allí. La primera casa registrada se remonta a 1600. En el último siglo, con la crisis económica de la década del treinta de por medio, Bosco Marengo se fue vaciando: en 1901, contaba con unos cinco mil habitantes. Cien años después, esta cifra se había dividido por dos. Hoy, el pequeño pueblo de Quattrocascine, construido alrededor de su iglesia y protegido por su alto campanario de 32 metros, está rodeado por campos cultivados pese a que la tierra sea seca y árida.
El automóvil negro se estaciona delante de la iglesia. Julio sale solemnemente del vehículo y una mujer lo acompaña con un paraguas hasta la puerta para protegerlo de la llovizna. En ese mismo momento, las campanas, otra vez, suenan a vuelo, mientras Julio penetra en la iglesia, donde le espera el sacerdote. Más tarde, los amigos del bailarín hablarían irónicamente de ese día como el de su casamiento: ¡el civil en la municipalidad, antes de la ceremonia religiosa en la iglesia! El cura le hace visitar el templo. El altar, la balaustrada, los escalones son de mármol precioso. La fuente bautismal, la misma en que el abuelo de Julio, como todos los niños del pueblo, fue bautizado, proviene del convento de Cà Bianca: mármol rosa, bacinilla de cobre y una taza de plata. Esta misma iglesia fue testigo de un acontecimiento singular: el nacimiento de la leyenda de la bella Giuditta, descendiente de los Bocca. En su novela histórica Giuditta della Frascheta, Pier Luigi Bruzzone relata la historia de una mujer valiente y audaz que participó en emboscadas en los montes de la región en la época napoleónica a principios del siglo XIX, y peleó al lado de los hombres contra la ocupación extranjera. Su nombre de batalla, Giuditta, surgió un día en que un soldado francés intentó robarse la corona de la estatua de la Virgen de la iglesia. Una monja quiso impedir el sacrilegio, pero el soldado se defendió y la tiró al suelo. Justo en ese momento entró una mujer del pueblo que, al divisar el cuerpo inanimado de la monja, pensó que estaba muerta, se abalanzó sobre el soldado, le arrancó su espada y le golpeó de manera tan salvaje que le hirió de gravedad. La mujer salió de la iglesia en estado de conmoción, con la espada ensangrentada en la mano. Los vecinos asociaron inmediatamente esta imagen a una fresca de la iglesia de Cà Bianca que representa a la Judith bíblica volviendo a su pueblo con la cabeza de Holoferne en una mano y su espada en otra. Así fue como la mujer adoptó el nombre de Giuditta e inició su vida de aventurera y guerrera. Casi siempre con vestimenta masculina, Giuditta peleó al lado del general ruso Suvarof y se casó con un oficial de su séquito, con el que tuvo un hijo. Se mudó a Rusia, país del que regresó al enviudar. La casa en que Giuditta nació está ubicada frente a la iglesia. Después de pertenecer a la familia Bocca, cambió de dueño. Hoy día, en el jardín, permanece un busto de la heroína.

Julio recorre la iglesia y escucha las explicaciones del cura con atención. Con sus manos cruzadas sobre su vientre, en una posición respetuosa, parece un presidente de visita en un país extranjero. Finalmente, el cortejo sale de la iglesia y se dirige al edificio de la Sociedad de Socorro Mutuo, detrás del templo. Fundada en 1833, la Società di Mutuo Soccorso de Quattrocascine tenía su sede frente a la plaza de la iglesia. Su meta: proporcionar una ayuda a sus socios en caso de enfermedad o accidente, a cambio de pequeñas cuotas anuales o mensuales. También garantizaba a la población un acceso a la enseñanza elemental y asistía a los más pequeños a través de su asilo infantil, además de organizar el baile anual para la Fiesta Patronal. En 1929, sin embargo, el régimen fascista anuló el estatuto de la Sociedad y echó a los miembros del Consejo Directivo, y hubo que esperar 18 años para que renaciera como tal.
La entrada de Julio a la sala de la Società Mutuo Soccorso, de la que formaba parte su abuelo, su bisabuelo y varios de sus tíos abuelos, se hace bajo un trueno de aplausos: allí está reunida la casi totalidad del pueblo, que estaba esperando pacientemente la llegada del bailarín. La cantidad de gente es tal, en la pequeña sala rectangular, que el paso se abre con dificultad hacia el escenario, decorado con un enorme ramo de flores y tres banderas: una de la Sociedad, otra de la Comune di Bosco Marengo, y una tercera de Argentina. Cuatro sillones de mimbre, un micrófono.
Nancy y Teresa, radiantes, caminan despacito entre la multitud que las aplaude, hasta llegar al escenario, donde se instalan en los sillones al lado de Julio. El secretario de la Sociedad de Socorro Mutuo empieza un discurso tan emocionante sobre Nando que todos tienen los ojos brillantes. A Nancy se le caen lágrimas por la mejilla. El propio Julio, aquel que afirma en su autobiografía no llorar nunca en público, agacha la cabeza, baja la mirada, cierra los puños, se apretuja los dedos. Los recuerdos se agolpan en su cabeza: la casita blanca de Mar de Ajó, el muelle donde iba a pescar con Nando, ese hombre corpulento que desempeñó el papel de abuelo y de padre a la vez, las primeras acrobacias junto a él, su voz gruesa con la que aseguraba: "Julito será bailarín". Y aquel día, aquel maldito día de enero en que la muerte se lo llevó para siempre.
Cecilia Figaredo, Andrea Candela, y los otros amigos de Julio, instalados en un costado de la sala, se asombran de ver a Julio en ese estado de emoción. Ellos mismos tienen un nudo en la garganta. Cecilia, otra vez, llora sin consuelo. "Los que lo conocemos sabemos que estaba muy conmovido"[4], confirma Cecilia. Cuando le toca a Julio hablar en el micrófono, se limita a expresar, en un italiano perfecto, pero con la voz entrecortada, su sorpresa, su emoción y su agradecimiento. Le regalan un árbol genealógico de la familia Bocca y un magnífico álbum de fotografías que relata la juventud de su abuelo. Julio no puede creer lo que ve. No se había esperado a sentir tanta emoción. La entrega de las partidas de nacimiento y de casamiento de Nando, en Bosco Marengo, fue la primera sorpresa. Ahí, con el álbum entre las manos, se da cuenta del celo con el que todo el pueblo preparó la ceremonia. Los regalos que el presidente de la Sociedad de Socorros Mutuos le entrega son mucho más valiosos que cualquier medalla que haya recibido en su vida. Las sorpresas, sin embargo, todavía no han acabado. En medio de la ceremonia se sube al estrado un hombre muy anciano, que dice haber sido amigo de Nando, Giuseppe "Pepe" Melato. Pese a tener 14 años menos que él, recuerda haber jugado con Nando a las canicas. Pepe se acerca a la abuela Teresa y la abraza. Los flashes de los fotógrafos crepitan en la sala. Todo el mundo aplaude. Julio mira la escena enternecido. Finalmente, el alcalde de Bosco Marengo, que también se ha desplazado a Quattrocascine, invita a los presentes al agasajo preparado en la sala contigua. Allí, el espectáculo es sorprendente: sobre tres largas mesas a lo largo de las paredes, se acumulan toneladas de comida. Todo el pueblo ha cocinado para homenajear a Julio: sandwichitos, quesos, fiambres, tartas saladas, tartas dulces, especialidades de la región, vinos, gaseosas, hasta una torta con el dibujo, con azúcar y chocolate, de uno de los bailarines de la compañía, inspirado en una fotografía del programa del espectáculo de la víspera. La comida es tan abundante que parece ser suficiente para alimentar a todo el pueblo durante una semana. "Lo que más emocionó a Julio fue darse cuenta de que había sido la gente del pueblo la que se movilizó para organizar el evento. Fue una cosa que nació de abajo, con mucho amor, orgullo y respeto. Era como decir: este artista es nuestro, su sangre es de aquí, es un hijo del pueblo"[5].
Julio se ubica en el fondo de la sala. Todos se quieren acercar a él, hablar con él, contar su historia, su propio testimonio de los primeros treinta años de la vida de su abuelo. Es un caos, pero Julio se queda ahí, responde a todas las preguntas, posa para todas las cámaras fotográficas, hasta firma autógrafos -cosa que detesta-, no rechaza a nadie: parece sentirse como entre su gente. No muestra señales ni de impaciencia ni de aburrimiento. Come poco -está pasado de peso- pero sonríe siempre y atiende a todos.

Así, rodeado por casi todos los habitantes del pueblo de su abuelo, Julio Bocca cerró simbólicamente la primera etapa de su vida, a los 35 años de edad. Una historia que se inició a principios del siglo XX, en un caserío piamontés, en la humilde casa de un herrero y siguió, inesperadamente, un recorrido de gloria y de fama internacional, ochenta años más tarde.
La historia de Julio Bocca empezó allí, en la provincia de Alessandria, de donde surgen su abuelo y su abuela maternos. De su padre, aquel que no figura en su partida de nacimiento y que nunca quiso reconocerlo, se sabe poco o nada. Julio, en todo caso, lo quiere borrar de su genealogía. Su nombre es Julio Bocca. Con ese apellido se destacó como promesa de la danza al ganar la medalla de oro del Quinto Concurso Internacional de Ballet de Moscú, en 1985. Con ese apellido figuró en los programas de las compañías que lo contrataron. Y fue para homenajear al que le dio ese apellido que regresó a Quattrocascine, con todos los honores de un rey. Julio Bocca. Punto y aparte.


[1] Teresa Repetto de Bocca: entrevista con la autora
[2] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[3] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[4] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[5] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora


© Angeline Montoya

martes, 29 de diciembre de 2009

Julio en San Petersburgo (1996)



La Bayadère, en San Petersburgo, que bailó en el Teatro Mariiinsky con Altinai Asilmuratova en 1996. Probablemente uno de sus mejores momentos técnicos, aunque no interpretativos.

En mi libro cito al respecto una crítica de la revista británica Dancing Time:

"El deslumbrante argentino hizo lo que pudo para sorprender al público con su elevación estelar y su asombroso trabajo de los pies y debo reconocer que lo logró. En cuanto al personaje de Solor, el guerrero y el amante, no existió para nada: fue sustituido por Julio Bocca" (Dancing Time, junio de 1996)

viernes, 8 de agosto de 2008

Emoción pura en Moscú

Gracias a Internet, podemos ahora ver y volver a ver la participación de Julio Bocca y Raquel Rossetti en el V Concurso Internacional de Ballet de Moscú de 1985, aquel en el que Julio, revelación indiscutida del campeonato, arrasó con la medalla de oro.

Aquí vemos su actuación durante la Gala celebrada después del concurso, en el pas-de-deux de Don Quijote.

Explico en mi libro, acerca de esta función de gala en la que Julio se cayó de nalgas en su variación:
"El resto de su actuación fue brillante. Volvió a maravillar con sus inéditas combinaciones de saltos, despertando suspiros de admiración. Esta vez, los aplausos duraron más de media hora. El público les tiraba flores, gritaba su nombre. Tuvieron que salir a saludar más de veinte veces. Y no les quedó otra opción que hacer un bis de la coda."

Julio Bocca, la vida en danza, ed. Aguilar, cap. 5, p. 128
Almas sensibles abstenerse: estos videos son muy emocionantes. A mí me arrancan lágrimas cada vez que los veo.

(Si van a la página de You Tube, tilden la opción "ver con alta calidad" para una mejor definición de la imagen)








viernes, 25 de julio de 2008

Julio Bocca en Caracas

Julio Bocca será uno de los invitados estelares al homenaje al coreógrafo venezolano Vicente Nebrada que se realizará en Caracas del 28 de julio al 3 de agosto en diferentes espacios culturales de la capital venezolana, con muestras fotográficas, charlas, talleres, clases magistrales y actividades de calle.

El jueves 31 de julio a las 20h, Julio Bocca dará una conferencia junto al afamado director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, en el Auditorio de Corp Banca Centro Cultural, en La Castellana. Antes de la conferencia se proyectará el documental que realizó A&E sobre la vida de Bocca.

El repertorio coreográfico de Vicente Nebrada, que falleció hace seis años y formó parte de la generación que desarrolló la danza en su país, incluye más de cien obras, como Nuestros Valses, Una Celebración de Haendel, La Luna y los hijos que tenía, La Mer, Romeo y Julieta, Doble Corchea, El lago de los cisnes (bailada por Julio y Eleonora Cassano en Caracas en 1991), o El Cascanueces.

Nebrada fue miembro fundador del Harkness Ballet de Nueva York, y junto a Zhandra Rodríguez del Ballet Internacional de Caracas en 1975.

Además de Julio Bocca, Alicia Alonso, Zhandra Rodríguez, Marifé Jiménez, Susana Riazuelo, William Alcalá, David Fonnegra, Fabiola Fazzino, Freddy Urdaneta, Cristina Fungairiño, Zane Wilson, Thamara Hannot, Teresa Alvarenga (muchos de los cuales entrevisté para mi libro) serán algunos de los invitados al homenaje Viva Nebrada, que cuenta con el apoyo de instituciones públicas y privadas como la Fundación Teresa Carreño, el Ballet Nuevo Mundo y la Compañia Nacional de Danza.

Julio tiene una gran historia de amor con Venezuela, país en el que debutó profesionalmente a los 14 años. En mi libro, su etapa carraqueña representa un capítulo entero. Les copio aquí el último párrafo de ese apasionante momento en la vida del bailarín.
Caracas significó mucho más que una simple experiencia profesional. Allí, Julio recibió lecciones de vida que no olvidaría jamás. Aprendió a ser una persona independiente capaz de tomar sus propias decisiones. Abandonó definitivamente la infancia y saltó directamente a la edad adulta. Aprendió a ignorar las críticas, rumores y chismes que su personalidad, su orientación sexual o incluso su talento superior pudieran provocar. Entendió que sus soberbias facultades despertarían celos y resentimientos en todas partes y que tendría que pasarlos por alto. "Yo estoy aquí y ellos se quedaron allá", acostumbraría a decir de los envidiosos. Supo, por último, que tenía la fibra necesaria para aspirar a que su carrera fuera internacional. A partir de ese momento, a pocos días de cumplir dieciséis años, se fijó dos metas: participar en el concurso de Moscú y entrar en el American Ballet Theatre.

Julio Bocca, la vida en danza, Ed. Aguilar, cap. 3, pág. 82

(Como anticipo a la visita de Bocca a Caracas, The Biography Channel emitirá este domingo la biografía realizada en 2006 por la señal A&E en el espacio "Nuestra Gente", en los siguientes horarios: México, Lima y Bogotá a las 20h. Caracas a las 20h30. Santiago de Chile a las 21h. Buenos Aires y Sao Paulo a las 22h.)
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martes, 26 de febrero de 2008

Julio Bocca, miembro de jurado

Julio Bocca será uno de los miembros del jurado de la Competición de Danza Nureyev que tendrá lugar entre el 4 y el 8 de marzo en Budapest.

Esta es la cuarta vez que se organiza este concurso, en el que ya han participado 250 bailarines. Este año, esperan 80 concursantes.

En el jurado, Julio Bocca se reencontrará con alguien especial: Kenji Usui. Este japonés, presidente de la Asociación Japonesa de Danza (y que busqué durante meses infructuosamente para mi libro...), formó parte del jurado de la Competición Internacional de Osaka en 1984, a la que Bocca se presentó teniendo sólo 17 años y de la que fue eliminado después de la segunda ronda.

Ocho meses después, Julio ganó la medalla de oro del Concurso Internacional de Ballet de Moscú. En el jurado también estaba Kenji Usui. Ahora, ambos serán miembros de un mismo jurado.

En mi libro relato el episodio en el que Bocca fue eliminado de Osaka así:

Dos días después, pese a haber causado sensación entre el público y el jurado, fueron eliminados en la segunda ronda, después de bailar El Corsario. Julio estaba escandalizado: "¡La bailarina rusa no podía ni pararse en la punta!"(1). La razón oficial de la eliminación de la pareja argentina fue que, precisamente, en ese concurso se calificaba a la pareja, y no a los individuos. "A pesar del gran éxito de Julio y de que todo el mundo habló de él, en la segunda ronda no le permitieron pasar, no debido a su falta de talento o de preparación, sino porque Patricia Kurt no tenía el mismo nivel", considera Galizzi.

"Estas son excusas", critica Julio. "Yo veía a los otros concursantes que pasaron a la tercera ronda, y Patricia era mucho mejor". ¿Malos perdedores? En aquella época, Enrique Destaville se escribía con asiduidad con el crítico e historiador japonés Kenji Usui, que formaba parte del jurado en Osaka. Poco después del certamen, Destaville recibió una carta de Usui: "Usted no se imagina a quién nos ha mandado", escribía. "Mandó a un héroe. Y yo creo personalmente que el premio le correspondía a él. Lamentablemente, aquí hubo comentarios sobre favoritismos". El primer premio lo ganaron Manuel Legris y Elisabeth Maurin.

(1) Canal á, 23-9-01
Julio Bocca, la vida en danza, Ed. Aguilar, p. 97-98

Los otros miembros del jurado en Budapest serán: Maia Plisetskaia, que lo presidirá; Heinz Sporeli, director y coreógrafo del Zurich Ballet; Nanette Glushak, directora y coreógrafa del Ballet de Toulouse; Jaroslav Slavicky, profesor de la Academia de Ballet de Praga; Evelyn Teri, directora de la Competición de Danza de Viena, Ildikó Pongor, del Ballet Nacional Húngaro y Zoltán Nagy, director del Colegio Húngaro de Danza.

miércoles, 10 de octubre de 2007

¿Sos gay?

El único en lograr que Julio Bocca saliera del armario y declarara públicamente su orientación sexual fue el periodista argentino Jorge Lanata.



Lo cuento así en mi libro:

(...) En agosto de 2001, es invitado por el periodista Jorge Lanata a su programa televisivo La Luna, en el que entrevista en un ambiente intimista a personalidades del momento. El bailarín, envuelto en el humo de cigarrillo del periodista, que lo interroga en tono de complicidad, está relajado. Hasta que Lanata pregunta de buenas a primeras: "¿Sos gay?". Julio tiene la mirada sorprendida. "Yo?", dice. Pero en ese mismo instante siente un gran alivio. "Todavía no", contesta ambiguamente. "Soy de los dos". "¿Sos bisexual?", insiste Lanata. "".

Por primera vez, Julio admitía públicamente su preferencia sexual. El programa se emitió en diferido el día de la primera función en el Luna Park. Julio temió una reacción negativa del público. Y no pasó nada. Llenó siete veces el palacio de deportes y un mes después, inauguró una inédita temporada en el Teatro Maipo durante la que bailó cuarenta funciones en siete semanas, todas con el teatro repleto. Su país también había cambiado: la homosexualidad ya no provocaba escándalo como podría haber sucedido diez años antes.

Pero las declaraciones de Bocca trascendieron el marco de su propia vida. Julio no era el primero en revelar sus tendencias sexuales. Antes de él lo habían hecho el excéntrico actor Fernando Peña, un integrante del programa Gran Hermano y, casi a la misma hora en la que Julio pronunciaba su ya famoso "todavía no, soy de los dos", que se convertiría en un latiguillo en el mundo gay, el periodista Juan Castro confirmó también en televisión su condición de homosexual.

Una semana después, la revista Noticias publicó una tapa con la fotografía de esas cuatro personalidades bajo el título: "La confesión gay". El propio autor de la nota principal, Osvaldo Bazán, aprovechó la ocasión para 'salir del armario'. "Yo he sabido de muchas personas que han confesado que eran gay a raíz de esta serie de revelaciones", explica el periodista. "Que personalidades tan respetadas y tan queridas como Bocca lo hayan dicho ha impulsado a personas anónimas a contarlo también".

Extracto de Julio Bocca, la vida en danza, p. 370

martes, 2 de octubre de 2007

OUCH !!! (especially for Anna)

Luego de ganar el V Concurso Internacional de Ballet de Moscú en 1985, Julio Bocca participó en la función de gala que se hizo tras la entrega de los premios. En esa función, en el escenario del Teatro Bolshoi, Julio sufrió un pequeño accidente:

After winning the Vth Moscow International Ballet Competition in 1985, Julio Bocca had to dance after the delivery of the prizes. During that gala performance on the stage of Bolshoi Theatre, Julio had a little accident:



De golpe, la presión de las últimas dos semanas los cubrió. "Después de toda esta tensión, nos quedamos temblando", recuerda Raquel. Julio "tenía la actitud del típico argentino" engreído que cree que, porque lo felicitaron una vez, le perdonarán cualquier atrevimiento. Bailó A Buenos Aires de manera muy despreocupada. Pero cuando le tocó hacer su variación en Don Quijote, en un momento de inatención su pierna resbaló en la preparación de un salto y sucedió el mayor temor de un bailarín: cayó sentado de nalgas, patas arriba. Era la primera vez en su vida que se caía durante una función. Se levantó como un rayo. "En ese instante alcancé a pensar: 'No importa, la medalla ya no me la pueden sacar'". El público reaccionó con cariño y lo alentó con aplausos.

Extracto de Julio Bocca, la vida en danza (p. 128)


miércoles, 12 de septiembre de 2007

Pas de deux de Don Quijote con Ofelia González y el Ballet Nacional de Cuba


Un documento excepcional: Julio Bocca baila el pas de deux de Don Quijote con Ofelia González en el Teatro Nacional de La Habana, en 1990. Este acontecimiento está relatado en mi libro así:

Apenas concluye el ciclo de presentaciones en el Teatro Colón, Julio y su compañía emprenden una gira latinoamericana de tres semanas. En Cuba, el Ballet Argentino participa en el décimo segundo Festival Internacional de Ballet, al que también ha sido invitado el Ballet Estable del Teatro Colón. La curiosidad del público cubano es enorme, no tanto por ver a la compañía sino a Julio, que debe cerrar el festival bailando Don Quijote completo con Ofelia González y el Ballet Nacional de Cuba. La preparación de Don Quijote es amena a pesar de que a Julio, que tiene sólo cuatro días para ensayar con Ofelia, no le gusta la versión cubana de la obra de Petipa. Intenta cambiar pasos pero Ofelia le suplica que no: "Estoy acostumbrada a hacerlo así", le dice. Y aunque él también esté acostumbrado a hacerlo de manera diferente, siempre cede: "Como vos quieras", le contesta. "Julio era muy sencillo por ser alguien de su rango y con el nombre que ya tenía internacionalmente", considera Ofelia.

El día de la función de Don Quijote, el 11 de noviembre, el Teatro Nacional de la Plaza de la Revolución es un caos: el público, que no cabe en la platea ni en las sillas suplementarias colocadas ante la afluencia de espectadores, desborda sobre los pasillos, las escaleras y hasta los costados del escenario. "Cuando Julio volvió para bailar Quijote, había una expectación de la más grande que tuvo la historia de los festivales", recuerda el historiador del Ballet Nacional de Cuba, Miguel Cabrera. "Yo creía que las puertas del Teatro Nacional iban a estallar".

Pero Julio no puede disfrutar de la ovación que el público le brinda de pie después del espectáculo: en media hora tiene que estar en el Gran Teatro de La Habana, donde tiene previsto bailar Entre tangos y milongas con el Ballet Argentino. Muchos de los espectadores lo siguen corriendo para asistir a su última función en Cuba. Todos tratan de conseguir una copia de la revista norteamericana Dance Magazine, cuya tapa del mes de noviembre está dedicada a Bocca bajo el título "El deslumbrador del American Ballet Theatre".

Extracto de Julio Bocca, la vida en danza (p. 258-259)

jueves, 16 de agosto de 2007

La historia del ballet #2

.../... Continuación de La historia del ballet (originalmente al inicio del capítulo 5 de Julio Bocca, la vida en danza, y suprimido durante la edición del libro):

La danza dio un paso agigantado hacia la modernización gracias a Jean Georges Noverre (1727-1810). Con Marie Sallé, una de las principales bailarinas de la época, desarrolló la danza de acción, dando espacio a la pantomima. Redactó las Lettres sur la Danse et sur les Ballets (Cartas sobre la danza y sobre los ballets), probablemente la obra más importante que se haya escrito sobre la danza en aquél entonces: en ella imprimió los fundamentos de una verdadera reforma. Explicó el principio del en-dehors, base del ballet clásico: "Nada es tan necesario, señor, como el giro de la pierna hacia fuera para bailar bien, y nada es tan natural para los hombres como la posición contraria", explicó en sus Lettres. Noverre también recomendó que se dejaran de usar las máscaras y los trajes tradicionales. Y recorrió toda Europa para difundir sus enseñanzas.

En la Ópera de París, los bailarines se repartían entre tres categorías: la danse noble, que exigía estatura alta y una figura delgada y bien proporcionada; la danse de demi-caractère, con una altura media, cuerpo esbelto y gracioso, una fisonomía agradable; y la danza cómica, para bailarines bajos, más bien fortachones y de fisonomía alegre.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX es cuando se transformó, además de la vestimenta, el calzado de las bailarinas: la zapatilla reemplazó al zapato. Pronto aparecieron las puntas. La célebre bailarina Maria Taglioni (1804-1884), nacida en Estocolmo de madre sueca y padre italiano, Filippo Taglioni, bailarín y maestro de baile, fue la verdadera iniciadora de la danza sobre puntas: entonces rellenaba simplemente sus zapatillas con algodón. Su padre creó para ella un ballet, La Sylphide, en 1832, en el que aparecieron los primeros tutús, hechos de tul y velos transparentes. Volátil, grácil y etérea merced al delicado trabajo en la punta de los pies, la Taglioni representaba el ideal romántico de la mujer pura e inocente. Tenía seguidores en toda Europa. El ballet romántico estaba en su apogeo. Fanny Elssler fue su principal rival. Fue también la primera en bailar en Estados Unidos.

Mientras tanto, el papel del bailarín cambiaba de manera radical: contrariamente al siglo anterior, el varón ya no era el protagonista principal. Su papel se volvió secundario y se limitó a hacer lucir los talentos de la bailarina. Aún más: en algunos casos, los papeles masculinos ahora eran desempeñados por mujeres. El escritor francés Theophile Gautier, admirador de Carlotta Grisi, sucesora de Taglioni y Elssler, escribió para ella el libreto del ballet Giselle, uno de los más representados en el mundo entero.

Sin embargo, la crisis económica y la guerra de 1870 con Alemania marcaron el fin de la hegemonía del ballet romántico en Francia. Muchos profesores italianos y franceses se mudaron entonces a Rusia, donde la emperatriz Ana había fundado la Academia Imperial en 1735, en San Petersburgo. La figura principal que marcó la danza allí fue el francés Marius Petipa (1822-1910). Junto con Lev Ivanov y Enrico Cecchetti, llevó la tradición francesa al ballet imperial ruso, introduciendo nuevas técnicas que le permitieron elevar la danza a las más altas cumbres artísticas. Petipa fue nombrado director de los Teatros Imperiales en 1869. El zar le pedía una creación nueva para cada temporada. Petipa se negó a aprender a hablar ruso: enseñaba la danza en su idioma natal. Por eso, a pesar de que la danza clásica se desarrolló finalmente en Rusia, el francés sigue siendo la lengua utilizada para la denominación de los pasos en el mundo entero: plié (doblado), relevé (elevado), rond-de-jambe fouetté (movimiento en el que la bailarina gira sobre una pierna mientras la otra dibuja un círculo en el aire, y que en algunos ballets se repite 32 veces), grand jeté (salto en el que el bailarín se abre de piernas en el aire), pas-de-deux (paso a dos), pas-de-trois (paso a tres)...

La obra de Petipa fue inmensa, con más de cincuenta creaciones. Trabajó de manera estrecha con el compositor Piotr Illich Chaicovsky: con él realizó La Bella Durmiente del Bosque, Cascanueces, El Lago de los Cisnes... Sus obras, entre las que se destacan además Raymonda, La Bayadera o Don Quijote, conforman las piezas fundamentales de la danza clásica actual. El tutú de la bailarina se achicó cada vez más, hasta limitarse a varias capas cortas de tul en forma de bandeja alrededor de las caderas, dejando ver la totalidad de las piernas. Esto permitió a las mujeres realizar pasos cada vez más complejos y virtuosos. Petipa, que es considerado el fundador de la tradición académica, innovaba constantemente. Reinó de manera absoluta sobre los Teatros Imperiales durante casi cuarenta años, trabajando bajo las órdenes de cuatro zares diferentes.




Con él, Rusia se transformó en la cuna del ballet. El Teatro Mariinsky de San Petersburgo en el que trabajó Petipa, llamado Kirov en la época soviética y que abrió sus puertas en 1783, y el Teatro Bolshoi de Moscú, inaugurado en 1856, rivalizaban por el primer lugar. San Petersburgo ha contado con una escuela de ballet desde 1735: fundada por el francés Jean Baptiste Landet, es la ancestra de la célebre y actual Academia Vaganova, con más de 250 años de edad. De ese instituto salieron los más ilustres bailarines del siglo XX: Vaslav Nijinsky, Rudolf Nureyev, Mijaíl Baryshnikov, Natalia Makarova… El Bolshoi, por su parte, se puede enorgullecer de haber formado a artistas como Maya Plisetskaya, Ekaterina Maximova o Vladimir Vassiliev. Y si bien el ballet del Bolshoi fue opacado por la ópera durante mucho tiempo, recobró todo su brillo durante la era soviética.

Todos los bailarines clásicos del siglo XX han soñado con pisar alguna vez el escenario del Mariinsky o del Bolshoi. Más que la Ópera de París o la Scala de Milán, los coliseos rusos han representado la meta ideal de cualquier artista de ballet.

Y el joven Bocca no era ninguna excepción.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La historia del ballet #1

Originalmente, mi libro era mucho más largo de lo que finalmente se publicó. Entre otras cosas, se cortó una (¡brevísima!) historia del ballet, que publico hoy aquí en dos partes:

El ballet clásico tal como lo conocemos hoy surgió en Francia en el siglo XVIII y se desarrolló en todo su esplendor en Rusia a finales del siglo XIX, pero sus raíces están en Italia. De hecho, la palabra francesa ballet deriva del italiano balletto. Fue la reina Catalina de Médicis, madre de los últimos tres reyes de la Casa de Valois, quien introdujo la danza en la corte de Francia. La soberana, que no había renunciado nunca a sus orígenes italianos, hizo traer de Piamonte al violonista Baldassarino di Belgioioso, que cambió su nombre por el de Balthazar de Beaujoyeux al llegar a París. Para la boda de Margarita de Lorena, cuñada de su hijo Enrique III, entonces rey de Francia, Catalina de Médicis pidió a Beaujoyeux que creara un espectáculo grandioso para el que pagó un millón de escudos. El 15 de octubre de 1581 se estrenó el primer gran ballet de corte, el Ballet comique de la Reine, en el palacio del Louvre. Se estima que esa fecha y esa obra representan el nacimiento de la danza clásica.

En aquel
la época, los espectáculos se desarrollaban en medio del público, en un salón, sin que existiera una separación real entre los bailarines y los espectadores. Poco a poco aparecieron los escenarios que conocemos hoy, alejados del público y con un leve declive hacia él, que se generalizaron a mediados del siglo XVII: la percepción del espectáculo cambió entonces de manera rotunda. La danza se hizo más compleja y se profesionalizó poco a poco.

En Francia, el mismísimo Luis XIV destacaba como un excelso bailarín. Entonces, la danza integraba la formación de los nobles y los príncipes, como la esgrima y la equitación. Otro músico italiano, Jean Baptiste Lully, creó una entrada para el joven rey en el Ballet de la Nuit: Luis XIV, a los trece años, encarnaba al sol naciente, quedándole para siempre el apodo de Rey Sol. Gracias a Luis XIV, la danza se expandió por todo el reino francés y hacia las otras cortes europeas. Fue también Luis XIV quien creó la Academia Rea
l de Danza, en 1661 -la actual Ópera de París-, la de Música en 1669 y la Escuela de Danza de la Ópera en 1713.

Entonces, la danza era exclusivamente masculina. Los papeles femeninos también eran interpretados por hombres. Pero Lully favoreció el acceso de las mujeres a las tablas y llevó la danza a teatros y escenarios convencionales. Las primeras bailarinas aparecieron a finales del siglo XVII. Entonces surgieron las primeras estrellas del ballet.

Entre ellas, Pierre Beauchamp (1636-1705), bailarín y coreógrafo, que se convirtió en profesor de danza de Luis XIV en 1650. Beauchamp sentó las bases de lo que se llamaba la danza noble. Definió las cinco posiciones del ballet clásico. También creó un sistema de escritura de la danza. Desde entonces, el lenguaje coreográfico no ha cambiado. El ballet francés se convirtió así en el primero de toda Europa y sus maestros exportaron la danza clásica al mundo entero.

Las mujeres, que bailaban con zapatos con tacones, seguían envaradas en pesadas prendas y pelucas que limitaban sus movimientos, a diferencia de los hombres, que ya podían hacer gala de una técnica más espectacular gracias a unos pantalones por encima de la rodilla. En 1713, Luis XIV impuso que la tropa de la Ópera estuviera integrada por doce hombres y diez mujeres.

Pero después de la muerte del Rey Sol, el ballet de corte empezó a declinar: su sucesor, Luis XV, no tenía afición por la danza. Entonces se desarrolló el ballet de acción, sobre todo a partir del coreógrafo inglés John Weaver. En aquella época, los espectáculos de danza todavía utilizaban la voz, y los bailarines colocaban máscaras sobre sus rostros. Para Weaver, los gestos, los pasos, los movimientos, eran suficientes para expresar sentimientos y acciones. Él introdujo las pantomimas, con las cuales el canto o las declamaciones se volvían obsoletas: la danza se había convertido en un arte particular, separado de la ópera. .../...

viernes, 8 de junio de 2007

Primer capítulo de "Julio Bocca, la vida en danza"

En su página web, la editorial Aguilar publica el primer capítulo de mi libro, Julio Bocca, la vida en danza. Lo pueden leer haciendo clic en el logo.

Sur sa page web, la maison d'édition Aguilar publie le premier chapitre de mon livre, Julio Bocca, la vida en danza. Vous pouvez le lire (en espagnol) en cliquant sur le logo.

On its webpage, my publisher, Aguilar, has downloaded the first chapter of my book, Julio Bocca, la vida en danza. You can read it (in Spanish) clicking on the logo.


martes, 29 de mayo de 2007

Julio Bocca y Alessandra Ferri en Romeo y Julieta

Julio Bocca y Alessandra Ferri en el pas de deux del balcón de Romeo y Julieta, en la versión de Kenneth MacMillan. Por el corte de pelo, yo diría que fue grabado en 1996...



Muy pocas duplas han quedado en la memoria de los admiradores de ballet: Carla Fracci y Erik Bruhn, Alicia Markova y Anton Dolin; pero la más famosa ha sido la que formaron Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn, que encandilaban al público como ninguna otra pareja ha sabido hacerlo.
Ninguna, hasta el 21 de junio de 1987, cuando Julio bailó por primera vez con la bailarina italiana Alessandra Ferri (...). Se complementaban de manera ideal: él con su técnica, ella con su capacidad de interpretación dramática. En conjunto cada uno lograba más lo que podía alcanzar individualmente. Allí Alessandra descubrió que Julio era algo más que un virtuoso. Aunque todavía era vacilante en el plano de la actuación, su presencia en el escenario y su compenetración con el papel eran totales. Según la periodista norteamericana Elizabeth Kaye, si bien Julio era considerado un auténtico genio en técnica y virtuosismo por sus compañeros del ABT, "la gente no lo veía como un artista. Alessandra fue la primera en pensar que sí lo era. Ella lo vio. Lo entendió".
(...)
Una nueva mítica pareja había nacido: "No hace tanto tiempo, las grandes parejas de ballet eran el furor", explica Clive Barnes. "Sin embargo hoy en día, quizás por los modelos y porque muchos bailarines están ligados a más de una compañía a la vez, estas parejas de oro parecen haber desaparecido. Pero existe un último recuerdo de ello en el American Ballet Theatre, con la ballerina italiana Alessandra Ferri y el premier danseur argentino Julio Bocca", escribió Barnes.
(...)

Alessandra Ferri no vacila en considerar que Julio es su mejor partenaire: "Disfruto bailar con otra gente, por supuesto. Pero con Julio es otra cosa. Ni siquiera lo llamaría un partenaire. Nos entendemos tan bien mutuamente que me siento libre de improvisar todas las noches. Su punto más fuerte es su musicalidad, el hecho de que respete cómo baila la bailarina. Con Julio, puedo ser completamente yo misma, y eso me da una libertad increíble. Él ha modificado mi propia carrera, dándome confianza en lo que hace a la técnica. Cuando fallo en algo y él intenta revertir el error, lo hace con mucho amor. Y cuando él está cansado y le sale mal una levantada, intento bailar aún mejor y hacer algo para que se recupere. Es un continuo intercambio de afecto". Y, cuando en la escena del balcón, Romeo y Julieta se besan en la boca, el apasionado beso no es simulado. "Cuando nos besamos, por supuesto que es un beso de verdad, porque con él, todo es real", dice Ferri. "Cuando nos peleamos en La fierecilla domada, nos golpeamos en serio. He llegado a pensar: 'Dios mío, ahora me mata'".

Extracto de Julio Bocca, la vida en danza (p. 179-180-181 y 263-264)

viernes, 25 de mayo de 2007

Julio Bocca y su lucha contra el sida

Julio Bocca siempre se preocupó del tema del sida. Fue el primer artista en colaborar con la Fundación de Ayuda al Inmunodeficiente (Fundai), en 1991. Y sigue colaborando con esa institución y con otras al día de hoy.

Pueden leer aquí su testimonio para la Fundación Huésped.

Foto Gaby Herbstein

Mientras se encuentra en París con Bocca, Patalano recibe un llamado de Elio Marchi desde Buenos Aires: una incipiente organización argentina de lucha contra el sida, la Fundación de Ayuda al Inmunodeficiente (FUNDAI), solicita la colaboración de Julio para un evento destinado a recaudar fondos. Por entonces, el sida todavía es un tema tabú en Argentina. Los diagnósticos tardan tres meses en ser entregados porque no existe en el país la tecnología adecuada para hacerlo en menos tiempo. A la enfermedad aún se la asocia exclusivamente con los homosexuales y los drogadictos. La FUNDAI había nacido en abril del año anterior. Karin Pistarini, vicepresidenta de la fundación, y Héctor Agulleiro, su apoderado general, empiezan a reflexionar sobre la manera de recaudar fondos para financiar la construcción y la compra de material para el primer laboratorio de retrovirus y virus asociados, el paso más urgente para poder realizar análisis con diagnósticos rápidos. "Entonces habíamos leído que Julio bailaba todos los años con el American Ballet para la fundación de Lady Di en Inglaterra. Suponíamos que tendría una muy buena predisposición, y que era el mayor representante cultural de nuestro país, además de ser muy querido por la gente", cuenta Pistarini.

Cuando Julio escucha la propuesta, acepta de inmediato. Le impacta que en su país, todos se desentiendan del tema del sida. Él ha oído hablar de esa enfermedad por primera vez durante la gira que hizo con el ABT en Miami, en 1987. Allí descubre que desde sus primeras experiencias sexuales no ha tomado las precauciones debidas. Por eso mismo, decidió hacerse un primer análisis en Florida. "Si me lo hacía en Buenos Aires habría sido todo un tema", explica, aludiendo a los inevitables rumores que esto habría provocado en torno a su sexualidad y su salud. La propuesta de la FUNDAI lo seduce y responde que está dispuesto a ir a hacer una función en el Teatro Colón a beneficio de la fundación. Tiene un bache de cinco días en su programación, entre dos funciones en la Ópera de París. "Pidan el Colón. Bailo lo que esté puesto en el escenario en ese momento", dice a Pistarini. "Viajo, bailo, y me vuelvo a París".

Casualmente en ese momento, el Ballet Estable del Colón está interpretando Don Quijote, el ballet favorito de Julio. Cuando él y Eleonora llegan a Buenos Aires, el 10 de julio, el mismo día de la función, todo está organizado: la publicidad se ha hecho en tiempo récord y todas las entradas están vendidas. Julio ha condicionado su participación a una sola exigencia: que no haya entradas gratuitas para los funcionarios e invitados especiales. La recaudación de la función llega a cien mil dólares. El dinero posibilita que se refaccione el pabellón 17 del hospital Muñiz, que ha sido cedido a la fundación. Tres meses después, Julio y Eleonora asisten a la inauguración del flamante laboratorio de retrovirus.

Extracto de Julio Bocca, la vida en danza (p. 267-268)