miércoles, 13 de enero de 2010

Teresa Repetto de Bocca (1916-2010)

Me acabo de enterar del fallecimiento, hace pocos días, de la abuela de Julio, Teresa Repetto de Bocca. El bailarín y su madre Nancy, la hija de Teresa, arrojaron sus cenizas al mar desde el muelle de Mar de Ajó. "Fue muy raro, pero emotivo", dijo Bocca. "Al ver caer las cenizas me di cuenta de golpe de que en realidad no somos nada".


De izquierda a derecha: Nancy Lojo, Julio Bocca, Teresa Repetto y Nancy Bocca, durante la fiesta luego de la última presentación de Bocca en el MET con el ABT, en el 2006 
(Foto: Angeline Montoya)

Teresa Josefa Repetto (...) había nacido en Olivos, en la provincia de Buenos Aires, el 4 de diciembre de 1916. Sus padres, Juan Bautista Repetto y Rosa Nuncia Marchetti, habían venido de Italia durante la Primera Guerra Mundial. Rosa Nuncia provenía de una familia adinerada, pero al morir su madre, el dinero "se empezó a mudar de un pariente a otro" y se esfumó. "Mi mamá no tenía mucho estudio, pero era muy inteligente. Aprendió a leer y escribir sola", cuenta Teresa. En Italia, antes de casarse, Rosa Nuncia era dama de compañía de una joven que estudiaba canto en Milán.
            Teresa y sus cinco hermanos nacieron en Argentina. Sus primeros años de vida estuvieron marcados por la pobreza. La familia vivía en Munro, en una de las tantas quintas que se sucedían en medio del campo. Juan Bautista Repetto era el encargado de la explotación de frutas. "Todos los días", cuenta su hija Teresa, "venía gente a pedir limosna. Entonces mi papá iba al centro, una vez por semana, a llevar mercadería con carro y caballo a la confitería del Molino. En la confitería, le entregaban en una bolsa todas las cosas que sobraban. Lo bueno, lo separaba para los pobres y lo otro, para los animales que se criaban en la quinta. Luego pasaba la gente y mi mamá les daba a todos su paquetito de comida y mate cocido". Teresa trabajó desde chica para colaborar con la economía de la casa. Se inició como modista, confeccionando vestidos de novia, y continuó con ese oficio hasta después de jubilarse, cuando siguió cosiendo trajes de ballet.
De esa joven de apenas 19 años, siempre bien arreglada y vestida, fue de quien se enamoró Nando en 1935. Después de dos años de noviazgo, Teresa y Nando decidieron casarse. Nando se mudó a Munro y un año después, en 1938, el mismo año en que la primera fábrica de productos químicos Atanor abría sus puertas, tuvieron a Nancy, su única hija.
Julio Bocca, la vida en danza, ed. Aguilar, p. 28



A lo largo de los siete años de elaboración de mi libro sobre Julio Bocca, he tenido la suerte de acercarme en numerosas ocasiones a su abuela, en particular en Quattrocascine, el caserío en el que nació su marido Nando, el abuelo de Julio, cuando le dieron la ciudadanía honoraria. También fui invitada al cumpleaños 85 de Teresa, en diciembre de 2001, con toda la familia Bocca.


Mi libro, antes de su publicación, contaba con muchos capítulos más que tuvieron que ser cortados para que no fuera una enciclopedia interminable. Uno de esos capítulos fue el relato de esa ceremonia, que quedó muy resumido en la versión publicada.


He decidido copiarlo aquí en su integralidad, en honor a Teresa.

Teresa y su hija Nancy caminan despacito, tomadas del brazo. Se han puesto sus joyas y perfumado. Teresa lleva una falda marrón. Nancy cubre con un poncho un conjunto pantalón-chaqueta azul. No lleva medias a pesar del frío: siempre tiene los pies calientes. Se han pintado y caminan por las calles de Alessandria. Julio y el resto de la compañía están a punto de alcanzar el Teatro Comunale, un mastodonte de cemento que domina una avenida arbolada. La noche cae y el frío se hace agudo, aunque ya estemos en abril. Las dos mujeres piensan en la ceremonia del día siguiente. No es la primera a la que asisten, y probablemente no sea la última. Pero ésta reviste un carácter especial para toda la familia: a Julito le van a dar la ciudadanía honoraria de Bosco Marengo, el pueblo de origen de su abuelo Nando. En realidad, Fernando Bocca nació, como sus tres hermanas y sus tres hermanos, en Quattrocascine, uno de los cinco caseríos piamonteses que componen Bosco Marengo. Su esposa, Teresa, y su hija, Nancy, han venido especialmente de Buenos Aires para la ceremonia del sábado. Esta noche, van a asistir a la función de Julio y de su compañía, el Ballet Argentino. Son las siete y todavía hay tiempo: no están muy apuradas en llegar al teatro. Se detienen en un bar. Así, con sus joyas, su perfume y todo, entran en el primer bolichito que encuentran. Un lugar oscuro, ruidoso, lleno de humo y olores, de mujeres con la mirada vacía y de hombres que han tomado demasiado. Sin vacilar siquiera un segundo, Teresa y Nancy se sientan en la única mesa libre, cubierta todavía por cenizas, migas de pan, manchas pegajosas. Nancy pide un té. Teresa, un capuchino. Están sentadas sin tocar el respaldo, derechas las dos, casi solemnes. Teresa murmulla: "Me parece que estamos un poco fuera de lugar". Nancy contesta: "Es que piensan que somos de otra clase porque nos ven así arregladitas; lo que no saben es que nosotras somos como ellos, de origen humilde". Cuando terminan de pagar, con la misma elegancia y la misma dignidad, se abren paso hacia la salida. Lentamente, se dirigen hacia el teatro. El recibidor todavía está vacío. Algunas muchachas de uniforme rojo preparan los programas. Teresa y Nancy quieren quedarse en la platea antes del espectáculo, "para no molestar a Julio, porque no le gusta que andemos por ahí antes de las funciones". Igualmente las llevan al escenario. Se sienten un poco desubicadas, quizás más que en el bar. Saben que no tienen que estar ahí, creen que a Julio no le va a gustar. Julio sale de su camerino, todavía con sus jeans y su buzo bordó. Está nervioso. Le han comentado que todo el pueblo de Quattrocascine, alcalde incluido, va a asistir a la función. Le atormenta pensar en la ceremonia de mañana, el encuentro con los familiares de su querido abuelo, fallecido hace tanto tiempo ya. Más de veinte años: una eternidad. Julito, sin embargo, le recuerda como si todavía estuviera vivo.
Las dos mujeres, finalmente, regresan al recibidor y se sientan frente a una mesita redonda de mármol, mirando a la gente que empieza a entrar. Después de diez minutos, un grupo de cinco personas ingresa al hall. Visiblemente no son simples espectadores. Teresa se levanta: "Aquí vienen", dice a Nancy. Al abrazar a Teresa, una de las mujeres, Rosa, tiene lágrimas en los ojos. Recuerda a su tío Nando, que conoció cuando era tan chiquita. Las presentaciones se hacen en italiano: Rosa y Lorenza son las hijas de Domenico, el hermano mayor de Nando. También están sus maridos respectivos, y la hija de Lorenza, Laura. Todos se juntan alrededor de la mesa redonda. Rosa y Lorenza trajeron fotografías de sus familias, así como las que Nando enviaba regularmente desde la lejana Argentina, donde había decidido instalarse 70 años atrás: una de él y su joven esposa Teresa en el casamiento civil, otra de Teresa, Nando y su hija Nancy, cuando todavía era una niña, en una playa del Río de la Plata, una tercera de Nancy en su vestido de primera comunión hecho por Teresa... Una de las fotografías muestra a una elegantísima pareja: él, con un traje impecable, buen mozo; ella, con un peinado típico de la década del treinta, con sombrero y tapado de piel. Los dos sonríen a la cámara, mejilla contra mejilla. Poco a poco, todo el pueblo de Quattrocascine se reúne en el recibidor del teatro. Todos se muestran emocionados, como si se reencontraran con el mismo Nando.
En un principio, Teresa no tenía muchas ganas de venir. Decía estar cansada como para hacer semejante viaje a sus 84 años. Julio le había dicho que lo pensara. Que iba a ser una linda ceremonia. Cada tanto, la llamaba a su casa de Munro, en la provincia de Buenos Aires, para saber qué haría, para pedirle que fuera, para decirle lo importante que sería su presencia. Hasta el último momento, la abuela se inclinó hacia el no. "Finalmente, cedí ante la presión de la familia de Quattrocascine"[1], precisa. El miércoles 4 de abril de 2001, Teresa y Nancy emprendieron un largo viaje hasta el corazón del Piamonte italiano: un avión las llevó de Buenos Aires a Madrid y luego a Milán, adonde llegaron a la noche siguiente. Allí, sin siquiera tomarse un descanso, asistieron a la función de su nieto e hijo, Julio, que bailaba en el Teatro Piccollo con el Ballet Argentino, en el medio de una gira de un mes por Francia e Italia. El viernes a la mañana, todos partieron en autobús hacia Alessandria.
La llegada a esa ciudad de noventa mil habitantes, capital de la provincia homónima, reiteró una rutina ensayada y repetida a lo largo de decenas de otras giras: sacar las maletas del autobús, esperar a que el tour manager, el hombre-orquesta de la gira, reparta las habitaciones, deshacer las maletas y, para Julio y el equipo técnico y artístico, revisar el teatro. Teresa y Nancy, por su lado, por fin pudieron tomar el tiempo de descansar un poco antes de prepararse para la función y, sobre todo, para el encuentro con la familia Bocca de Quattrocascine.
Sentados alrededor de la mesita del hall del Teatro Comunale, Teresa, Nancy y sus lejanos familiares hablan de Nando. Laura Marchesin, la hija de Lorenza, recuerda lo que siempre le contaron los ancianos del pueblo: que el tío abuelo Nando, como su padre antes de él, era un eximio bailarín. Una tradición familiar que su nieto Julio llevaría hasta su cumbre.
Finalmente, las acomodadoras vestidas de rojo anuncian que la función está a punto de comenzar. Lentamente, el grupo se levanta y se dirige hacia la enorme sala de hormigón, de un estilo algo soviético en sus formas y perspectivas. Las butacas están todas ocupadas: no queda ni un solo asiento libre. Quattrocascine, a esa hora, es un pueblo fantasma: prácticamente todos sus habitantes han acudido a Alessandria para ver bailar al nieto de Nando. Las luces se apagan y en el escenario aparecen dos siluetas a contraluz. Empieza el Adagio para Cuerdas de Samuel Barber. Suavemente, las siluetas se enlazan y desenlazan. A medida que la intensidad de la luz aumenta, surgen los rostros de los bailarines. Lino Patalano aparece en la parte trasera de la sala. Pregunta, ansioso, a media voz: "¿Aplaudió el público cuando vio a Julio?" Todos parecen muy nerviosos. El espectáculo termina con el público de pie, aclamando al afamado bailarín argentino. Detrás del escenario, la muchedumbre se agolpa en la puerta de su camerino. Contrariamente a su costumbre de huir ni bien termina el espectáculo, Julio recibe a todo el mundo con mucha paciencia: a los Bocca de Quattrocascine, al alcalde de Bosco Marengo, Carlo Demicheli, pero también a una compañera de la escuela del Teatro Colón de Buenos Aires, Andrea Man, que vive ahora en Italia. Finalmente, Julio y su séquito habitual -el irónicamente llamado "grupo VIP"- van a comer a un restaurante cercano al teatro. Nancy y Teresa, que sale con un enorme ramo de rosas, los acompañan.

El día siguiente es, para Julio y su familia, el momento verdaderamente emocionante. Ser homenajeado en el pueblo de origen de su abuelo es, en la vida del bailarín, un acontecimiento único. Esta vez, no se trata de un compromiso laboral en el que van a felicitarlo por su carrera. Esta vez, es su sangre la que habla. Lo más profundo de su ser. Y se prepara para el evento como para una fiesta. Su vestimenta demuestra que a esta ceremonia, no va porque debe, sino porque quiere: "Desde el momento en que se vistió bien, es porque tenía ganas"[2]. Un impecable traje negro, una camisa celeste: su elegancia sobria rompe con su habitual informalidad. Aunque no puede evitar ponerse sus imperdibles botas de vaquero.
Poco después del mediodía del sábado 7 de abril, un espléndido automóvil negro se estaciona delante del hotel de Alessandria. En él se suben Julio, Teresa y Nancy, que no se separa de su poncho para luchar contra el frío, pero insiste con llevar sandalias abiertas. Son tratados como príncipes. De hecho, dos automóviles de la policía escoltan al cortejo entre Alessandria y Bosco Marengo y luego hacia Quattrocascine, deteniendo el tráfico en las calles y rutas adyacentes para dejar pasar al convoy. Atrás siguen, en una camioneta, Lino Patalano, el encargado de mercadeo, Gustavo Benavídez, la asistente de dirección del Ballet Argentino, Andrea Candela, su novio e iluminador Miguel Cuartas, el tour manager, Rubén D'Audia, la bailarina Cecilia Figaredo y el vestuarista, Osvaldo Pettinari.
Primera parada: la municipalidad de Bosco Marengo. La ceremonia oficial de entrega de ciudadanía honoraria debe empezar a las quince horas. La sala principal de la alcaldía, en el primer piso, está repleta. Julio se sienta en la primera fila, enmarcado por su abuela y su madre. Hay que esperar al cónsul argentino en Milán, que no llega. Julio está quieto. Habla con sus compañeros de trabajo, con su abuela, con el alcalde. Se le nota diferente. A lo largo de su carrera, ha recibido decenas de premios, le han concedido la ciudadanía honoraria de otras ciudades. Pero esta vez, todo es un poco diferente para él. Se siente diferente. Se nota diferente. Pero todavía está muy lejos de imaginarse lo que el pueblo de Quattrocascine le ha preparado.
Finalmente, el cónsul llega y la ceremonia puede empezar. El alcalde, Carlo Demicheli, recuerda que Bosco Marengo ya cuenta con un ilustre ciudadano: Pío V, nacido en ese pueblo en 1504, papa de la Iglesia católica entre 1566 y 1572 y beatificado cien años después de su muerte. Julio no es un Papa, pero Demicheli se enorgullece de que el abuelo de una estrella de su talla haya nacido precisamente en la comuna de Bosco Marengo. "La inscripción del nacimiento de Nando fue hecha por un escribano también llamado Bocca", precisa Demicheli para subrayar que aquí, los Bocca son mayoritarios. Lino, divertido, se rememora la primera vez en que él, Julio y su abuela Teresa visitaron Quattrocascine, trece años atrás, preguntando por la familia Bocca al primer vecino que encontraron. "Yo soy Bocca", respondió el hombre. "Mirá qué suerte, se sorprendió Lino, justo el primero que vemos se llama así". En realidad, lo curioso habría sido no encontrarse con un Bocca.
Después de su discurso, Carlo Demicheli entrega entonces la partida de matrimonio de Nando y Teresa a la abuela de Julio, y la de nacimiento de Nando a Nancy. Julio tiene una leve sonrisa. Está como un poco ausente. Extraño. Emocionado. Julio está emocionado y se le nota. En el momento exacto en que el alcalde le entrega el diploma de la ciudadanía honoraria, las campanas de la iglesia del pueblo, en una coordinación perfecta, tocan a vuelo. Decenas de vecinos se asoman a sus balcones para ver de qué se trata. Una cámara de la cadena televisiva RAI inmortaliza el momento. Julio sonríe a los fotógrafos exhibiendo el cuadro con la declaración de ciudadanía honoraria. En el fondo de la sala, Cecilia Figaredo y Andrea Candela lloran desconsoladamente, "como si se nos casara el nene"[3]. Julio no llora, pero tiene una extraña presencia en su garganta cuando piensa en Nando, que soñó toda su vida con que su nieto se convirtiera en primer bailarín del Teatro Colón. Aquí, en este momento, Julio siente que el círculo iniciado por Nando cierra perfectamente. Se siente parte de una fantasía, la de un obrero italiano enamorado del arte y que imaginó para su descendencia un camino lleno de gloria. El camino que Julio, precisamente, ha recorrido hasta aquí, hasta el regreso a sus orígenes, hasta esa hoja en la que consta el nacimiento de su abuelo, en el pueblo de Quattrocascine, el 18 de septiembre de 1907.

El cortejo, siempre escoltado por la policía, retoma la ruta y se dirige a Quattrocascine. Para Teresa y Julio, que ya estuvieron allí en 1988, se trata de un reencuentro. Pero Nancy nunca había estado en el lugar de nacimiento de su padre, y su corazón se estruja un poco cuando, por la ventana, le enseñan el número 4 de la calle Milano: aquí, en esa casa blanca con tejas rojas, a pocos metros de la iglesia, nació Fernando Bocca, noventa y cinco años atrás. El pueblo en sí se compone de una arteria principal -la vía Milano- y de algunas calles perpendiculares. Algunas pocas casas y comercios. En 1920, 388 personas vivían en Quattrocascine, cuyo nombre viene de las cuatro casas que formaban el convento de Bosco: la Pollastra, la Cà Bianca, la Masina y la Forchina. Otra versión, sin embargo, asegura que el origen del nombre radica en las cassate o cascine, casitas de tierra que se construían allí. La primera casa registrada se remonta a 1600. En el último siglo, con la crisis económica de la década del treinta de por medio, Bosco Marengo se fue vaciando: en 1901, contaba con unos cinco mil habitantes. Cien años después, esta cifra se había dividido por dos. Hoy, el pequeño pueblo de Quattrocascine, construido alrededor de su iglesia y protegido por su alto campanario de 32 metros, está rodeado por campos cultivados pese a que la tierra sea seca y árida.
El automóvil negro se estaciona delante de la iglesia. Julio sale solemnemente del vehículo y una mujer lo acompaña con un paraguas hasta la puerta para protegerlo de la llovizna. En ese mismo momento, las campanas, otra vez, suenan a vuelo, mientras Julio penetra en la iglesia, donde le espera el sacerdote. Más tarde, los amigos del bailarín hablarían irónicamente de ese día como el de su casamiento: ¡el civil en la municipalidad, antes de la ceremonia religiosa en la iglesia! El cura le hace visitar el templo. El altar, la balaustrada, los escalones son de mármol precioso. La fuente bautismal, la misma en que el abuelo de Julio, como todos los niños del pueblo, fue bautizado, proviene del convento de Cà Bianca: mármol rosa, bacinilla de cobre y una taza de plata. Esta misma iglesia fue testigo de un acontecimiento singular: el nacimiento de la leyenda de la bella Giuditta, descendiente de los Bocca. En su novela histórica Giuditta della Frascheta, Pier Luigi Bruzzone relata la historia de una mujer valiente y audaz que participó en emboscadas en los montes de la región en la época napoleónica a principios del siglo XIX, y peleó al lado de los hombres contra la ocupación extranjera. Su nombre de batalla, Giuditta, surgió un día en que un soldado francés intentó robarse la corona de la estatua de la Virgen de la iglesia. Una monja quiso impedir el sacrilegio, pero el soldado se defendió y la tiró al suelo. Justo en ese momento entró una mujer del pueblo que, al divisar el cuerpo inanimado de la monja, pensó que estaba muerta, se abalanzó sobre el soldado, le arrancó su espada y le golpeó de manera tan salvaje que le hirió de gravedad. La mujer salió de la iglesia en estado de conmoción, con la espada ensangrentada en la mano. Los vecinos asociaron inmediatamente esta imagen a una fresca de la iglesia de Cà Bianca que representa a la Judith bíblica volviendo a su pueblo con la cabeza de Holoferne en una mano y su espada en otra. Así fue como la mujer adoptó el nombre de Giuditta e inició su vida de aventurera y guerrera. Casi siempre con vestimenta masculina, Giuditta peleó al lado del general ruso Suvarof y se casó con un oficial de su séquito, con el que tuvo un hijo. Se mudó a Rusia, país del que regresó al enviudar. La casa en que Giuditta nació está ubicada frente a la iglesia. Después de pertenecer a la familia Bocca, cambió de dueño. Hoy día, en el jardín, permanece un busto de la heroína.

Julio recorre la iglesia y escucha las explicaciones del cura con atención. Con sus manos cruzadas sobre su vientre, en una posición respetuosa, parece un presidente de visita en un país extranjero. Finalmente, el cortejo sale de la iglesia y se dirige al edificio de la Sociedad de Socorro Mutuo, detrás del templo. Fundada en 1833, la Società di Mutuo Soccorso de Quattrocascine tenía su sede frente a la plaza de la iglesia. Su meta: proporcionar una ayuda a sus socios en caso de enfermedad o accidente, a cambio de pequeñas cuotas anuales o mensuales. También garantizaba a la población un acceso a la enseñanza elemental y asistía a los más pequeños a través de su asilo infantil, además de organizar el baile anual para la Fiesta Patronal. En 1929, sin embargo, el régimen fascista anuló el estatuto de la Sociedad y echó a los miembros del Consejo Directivo, y hubo que esperar 18 años para que renaciera como tal.
La entrada de Julio a la sala de la Società Mutuo Soccorso, de la que formaba parte su abuelo, su bisabuelo y varios de sus tíos abuelos, se hace bajo un trueno de aplausos: allí está reunida la casi totalidad del pueblo, que estaba esperando pacientemente la llegada del bailarín. La cantidad de gente es tal, en la pequeña sala rectangular, que el paso se abre con dificultad hacia el escenario, decorado con un enorme ramo de flores y tres banderas: una de la Sociedad, otra de la Comune di Bosco Marengo, y una tercera de Argentina. Cuatro sillones de mimbre, un micrófono.
Nancy y Teresa, radiantes, caminan despacito entre la multitud que las aplaude, hasta llegar al escenario, donde se instalan en los sillones al lado de Julio. El secretario de la Sociedad de Socorro Mutuo empieza un discurso tan emocionante sobre Nando que todos tienen los ojos brillantes. A Nancy se le caen lágrimas por la mejilla. El propio Julio, aquel que afirma en su autobiografía no llorar nunca en público, agacha la cabeza, baja la mirada, cierra los puños, se apretuja los dedos. Los recuerdos se agolpan en su cabeza: la casita blanca de Mar de Ajó, el muelle donde iba a pescar con Nando, ese hombre corpulento que desempeñó el papel de abuelo y de padre a la vez, las primeras acrobacias junto a él, su voz gruesa con la que aseguraba: "Julito será bailarín". Y aquel día, aquel maldito día de enero en que la muerte se lo llevó para siempre.
Cecilia Figaredo, Andrea Candela, y los otros amigos de Julio, instalados en un costado de la sala, se asombran de ver a Julio en ese estado de emoción. Ellos mismos tienen un nudo en la garganta. Cecilia, otra vez, llora sin consuelo. "Los que lo conocemos sabemos que estaba muy conmovido"[4], confirma Cecilia. Cuando le toca a Julio hablar en el micrófono, se limita a expresar, en un italiano perfecto, pero con la voz entrecortada, su sorpresa, su emoción y su agradecimiento. Le regalan un árbol genealógico de la familia Bocca y un magnífico álbum de fotografías que relata la juventud de su abuelo. Julio no puede creer lo que ve. No se había esperado a sentir tanta emoción. La entrega de las partidas de nacimiento y de casamiento de Nando, en Bosco Marengo, fue la primera sorpresa. Ahí, con el álbum entre las manos, se da cuenta del celo con el que todo el pueblo preparó la ceremonia. Los regalos que el presidente de la Sociedad de Socorros Mutuos le entrega son mucho más valiosos que cualquier medalla que haya recibido en su vida. Las sorpresas, sin embargo, todavía no han acabado. En medio de la ceremonia se sube al estrado un hombre muy anciano, que dice haber sido amigo de Nando, Giuseppe "Pepe" Melato. Pese a tener 14 años menos que él, recuerda haber jugado con Nando a las canicas. Pepe se acerca a la abuela Teresa y la abraza. Los flashes de los fotógrafos crepitan en la sala. Todo el mundo aplaude. Julio mira la escena enternecido. Finalmente, el alcalde de Bosco Marengo, que también se ha desplazado a Quattrocascine, invita a los presentes al agasajo preparado en la sala contigua. Allí, el espectáculo es sorprendente: sobre tres largas mesas a lo largo de las paredes, se acumulan toneladas de comida. Todo el pueblo ha cocinado para homenajear a Julio: sandwichitos, quesos, fiambres, tartas saladas, tartas dulces, especialidades de la región, vinos, gaseosas, hasta una torta con el dibujo, con azúcar y chocolate, de uno de los bailarines de la compañía, inspirado en una fotografía del programa del espectáculo de la víspera. La comida es tan abundante que parece ser suficiente para alimentar a todo el pueblo durante una semana. "Lo que más emocionó a Julio fue darse cuenta de que había sido la gente del pueblo la que se movilizó para organizar el evento. Fue una cosa que nació de abajo, con mucho amor, orgullo y respeto. Era como decir: este artista es nuestro, su sangre es de aquí, es un hijo del pueblo"[5].
Julio se ubica en el fondo de la sala. Todos se quieren acercar a él, hablar con él, contar su historia, su propio testimonio de los primeros treinta años de la vida de su abuelo. Es un caos, pero Julio se queda ahí, responde a todas las preguntas, posa para todas las cámaras fotográficas, hasta firma autógrafos -cosa que detesta-, no rechaza a nadie: parece sentirse como entre su gente. No muestra señales ni de impaciencia ni de aburrimiento. Come poco -está pasado de peso- pero sonríe siempre y atiende a todos.

Así, rodeado por casi todos los habitantes del pueblo de su abuelo, Julio Bocca cerró simbólicamente la primera etapa de su vida, a los 35 años de edad. Una historia que se inició a principios del siglo XX, en un caserío piamontés, en la humilde casa de un herrero y siguió, inesperadamente, un recorrido de gloria y de fama internacional, ochenta años más tarde.
La historia de Julio Bocca empezó allí, en la provincia de Alessandria, de donde surgen su abuelo y su abuela maternos. De su padre, aquel que no figura en su partida de nacimiento y que nunca quiso reconocerlo, se sabe poco o nada. Julio, en todo caso, lo quiere borrar de su genealogía. Su nombre es Julio Bocca. Con ese apellido se destacó como promesa de la danza al ganar la medalla de oro del Quinto Concurso Internacional de Ballet de Moscú, en 1985. Con ese apellido figuró en los programas de las compañías que lo contrataron. Y fue para homenajear al que le dio ese apellido que regresó a Quattrocascine, con todos los honores de un rey. Julio Bocca. Punto y aparte.


[1] Teresa Repetto de Bocca: entrevista con la autora
[2] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[3] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[4] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora
[5] Cecilia Figaredo: entrevista con la autora


© Angeline Montoya

1 comentario:

Anónimo dijo...

Maravilloso!!
me hizo conmover mucho...yo ahora vivo en Italia desde hace 8 años y se lo que es dejar la tierra madre...y tambien reencontrarse con las raices de los que un dia hiceron el viaje en el otro sentido.
C.B.
Italia